¿Deberemos ceder nuestra superioridad a nuestras creaciones?

En la década de los 80, la de 1780, “El Turco” estaba de gira por Europa. “El Turco” no cantaba, sino que era una elaborada maravilla mecánica. Consistía en un torso de madera vestido con túnicas turcas sentado en un escritorio sobre el que había un tablero de ajedrez. Su brazo mecánico movía las piezas, y asintiendo con la cabeza declaraba el jaque. El Deep Blue de la época venció a experimentados jugadores como Benjamin Franklin y Napoleón Bonaparte, que tratando de hacer trampa en varias ocasiones, sacó de sus casillas al turco, que terminó revoleando las piezas.

Evidentemente, en esos tiempos, las máquinas todavía no vencían a los hombres al ajedrez. La maravilla mecánica era, en efecto, un fraude con mucho ingenio. El escritorio, a parte de poleas y piezas, contenía un compartimento secreto donde se escondía un maestro de ajedrez que seguía la partida a través de imanes en las piezas y que movía la mano del turco.

Grabado de El Turco
Grabado del Turco de Wolfgang von Kempelen.

Amazon se inspiró en él para un servicio web llamado Mechanical Turk (el relaxing turco mecánico) en el que se coordinan tareas que requieren inteligencia humana. Los solicitantes publican faenas tales como identificar cantantes en un CD de música, seleccionar fotografías o dibujar una oveja, por una simbólica remuneración, que miles de personas registradas pueden llevar a cabo. La premisa base de este sistema es que hay ciertas cosas que son fáciles para las personas, pero realmente difíciles para los ordenadores. Esta ventaja intelectual nos sigue aun haciendo creer que somos superiores.

No nos incomoda en absoluto que las máquinas nos superen sobradamente en tareas físicas. Es algo a lo que nos hemos acostumbrado desde hace tiempo. Nuestro orgullo humano se mantiene intacto siempre y cuando pensar sea algo exclusivamente nuestro. Pero el día que nos aventajen intelectualmente… ¿deberemos ceder nuestra superioridad a nuestras creaciones?

Para responder a esta pregunta hemos viajado al 2050, veintiún años después de que el primer ordenador superara el test de Turing. Los humanos podrán recibir actualizaciones biológicas en la forma de millones de nanobots campando por nuestro cerebro. Al igual que nuestros cuerpos, híbridos, la realidad estará aumentada. No existirá una línea clara que separe lo real de lo virtual. No nos preguntaremos si los humanos somos superiores a las máquinas, puesto que la definición de humano diferirá de la vigente medio siglo atrás.

Sin embargo, la llegada de la singularidad estará enormemente plagada de conflictos, producto de un avance tecnológico que atropellará al cambio cultural. La humanidad seguirá dividida, principalmente en dos feroces campos ideológicos, aquellos que sitúan a la figura clásica del ser humano como lo prioritario y aquellos a favor de superar las limitaciones del individuo tecnológicamente. Se sucederán oleadas de racismo exacerbando la superioridad de una emergente nueva especie humana.

No es para nada un visión apocalíptica, los conflictos van a existir siempre, y el futuro no es solo una cuestión de lo que es posible, sino de lo que es rentable. Nos volvemos al 2013, no sin antes hacernos con una botellita de nanobots que asegura el prospecto mantienen una erección el tiempo que uno desee.

The Uncanny Valley (El relaxing Valle Inquietante) es una explicación del porqué “El Turco” parece sacado del túnel del terror.

Reconstrucción reciente del Turco
Foto de una reconstrucción del Turco.

En 1978, el japonés experto en robótica Masahiro Mori, señaló un hecho interesante: las personas se sentían atraídas por los robots cuanto más se parecieran a los humanos, pero hasta cierto grado. No nos importa que un un androide se asimile un 50% a una persona. De hecho mola. Pero cuando un robot es demasiado realista, cuando alcanza un 99% de parecido humano, causa repelús y disgusto. Nos concentramos en ese 1% de diferencia. ¿La falta de respiración? ¿La sequedad en la comisura de los labios? El robot que molaba ahora parece más bien un cadáver animado. El Valle Inquietante es ese paradójico punto en el que una copia demasiado perfecta acaba aterrando. Un mago mola, pero alguien que lee tu mente no.

El valle es una curva dinámica como acentúa un hecho imprevisto ocurrido durante una prueba de un robot desarrollado en Los Álamos para uso militar. La máquina, un autómata de casi 2 metros con forma arácnida, debía recorrer un campo minado para desactivar cuantas más minas mejor. Debía hacerlo de la forma más efectiva para encontrar y desactivar minas, pisándolas. La prueba marchaba estupendamente, ya que después de cada explosión, el robot que yacía en el suelo con una pata menos, se levantaba estoicamente y proseguía la misión. Con una única pierna, temblando y avanzando de manera penosa, la máquina seguía haciendo un trabajo magnifico, pero el coronel en mando ordenó suspender la prueba. ¿Por qué? “Este test es inhumano”, respondió.

Puede que la respuesta a todo este desasosiego sean las emociones. Una vez que el pensar deje de ser una prerrogativa humana, nos especializaremos en la gestión de las emociones. Nuestro aprendizaje social y emocional será muy superior a las máquinas pensantes y nuestra hegemonía seguirá preservada. En palabras de Sidney J. Harris:

El verdadero peligro no es que los ordenadores empiecen a pensar como los hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como los ordenadores.

Diseño para el error o por que los aviones tienen ceniceros en los lavabos

Las décadas son un invento reciente. No ya el concepto de diez años seguidos, claro, sino el de unidad cultural. Antiguamente, la medida de estos cambios vendría dada, por ejemplo, por la vida del rey. El reinado de Isabel la Católica, que no vendría exento de modas que abochornarían a dinastías previas.

Durante el Renacimimento, algunas mujeres usaban el jugo de las bayas de la Atropa belladonna para dilatar sus pupilas, efecto conocido como midriasis, por motivos puramente estéticos. Un reinado o un papado más tarde seguramente se recordarían ridículas con esos ojos.

¿Cómo podía llevar semejante peinado en los 80? Bueno, a parte de que por entonces tenía pelo, porque es común que la mayoría de nosotros tengamos una opinión decente de como somos ahora. “Pero dentro de cuarenta años”, escribía Dale Carnegie en 1948, “puede que miremos atrás y nos riamos de la persona que somos hoy”. ¿Dentro de cuarenta años? Los hipsters no van a durar ni cinco. Con la celeridad de estos tiempos, pronto los lustros serán las unidades culturales mínimas.

Son necesarios muchos cambios para que una unidad de tiempo se considere significativa. Vivimos en una sociedad que ha conseguido añadir cuarenta años a la vida media de la especie humana en solo dos siglos. Desde el neolítico, tan solo se consiguió un aumento de veinte años en diez mil que pasaron. La consecuencia de ello es que los sucesos culturales de gran magnitud cada vez se dan en periodos más cortos. La sensación de ser parte del pasado se nos echa encima. Eramos trogloditas hace medio siglo.

¡Hace treinta años la gente iba fumando en los aviones!

De hecho, podría haber empezado por ahí, que es de lo que realmente trata esta entrada, pero me esfuerzo por poner en contexto el asunto y andarme un poco por las ramas. En Engineering Infrastructures For Humans explican por que los aviones tienen ceniceros en los lavabos.

El que menos haya viajado en avión sabe que no se puede fumar dentro de ellos. Queda permanentemente avisado en los luminosos interiores, en los múltiples adhesivos de las puertas y en los manuales de instrucciones. Incluso, y aquí viene lo curioso, hay un aviso de no fumar adherido al cenicero del lavabo.


Quieto, “parao”.

Si no se puede fumar en los aviones, parece completamente ilógico que haya ceniceros, con lo que esto tiene pinta más de un parche que de una solución. Debe ser que el coste de eliminar todos los ceniceros de las puertas de los lavabos se dispara en comparación con el coste de poner una pegatina de prohibición justo donde puedes apagar el cigarro. Si American Airlines ahorró cuarenta mil dólares eliminando una aceituna de cada ensalada, aquí también economizaremos.

Pues no.

Resulta que según el código de regulación, tener ceniceros en los lavabos de los aviones no es algo opcional. Un avión no puede abandonar el terminal si no dispone de ellos.

Es una decisión basada en una de las principales heurísticas de diseño centrado en el usuario. Los usuarios cometerán errores y probarán acciones no permitidas, y puede que no tenga nada que ver con maldad o estupidez. No asumas que tus usuarios nunca romperán las reglas y toma una medida de reducción de riesgos. Está prohibido fumar, pero si fumas, al menos, apaga el cigarro bien y no vaya a pasar como en 1973, cuando un accidente de avión atribuido a un cigarrillo mal apagado acabó con la vida de 123 personas.

Todo diseño centrado en el usuario es un diseño que tiene en cuenta el error humano. Por eso los cajeros devuelven la tarjeta antes de entregar el dinero o la pantalla del iPad se apaga a los cinco segundos si no se desbloquea.

Todo el mundo puede fallar. Menos Torres, este que no falle el sábado.

Frase del Gurú: imágenes bajo cristal

¿Por qué no habré conocido a Bret Victor (web oficial | twitter) antes? Me hubiera, al menos, ahorrado este post sobre las tablets. Bret Victor, un apasionado y admirable diseñador de interfaces de usuario, dejó su trabajo en Apple debido a su nulo interés por ayudar a la gente a mirar fotos y escuchar música, a través de lo que él ha bautizado como “imágenes bajo cristal” (Pictures Under Glass).

A raíz de un popular vídeo de Microsoft sobre una visión tecnológica del futuro, Bret escribió recientemente una crítica con la que simpatizo totalmente. En A Brief Rant on The Future of Interaction Design se queja de que la visión mostrada, desde la perspectiva de la interacción de usuario, no es para nada visionaria, sino más bien un tímido incremento del actual status quo. Es una lectura rápida e interesantísima, con el plato fuerte de las manos como protagonistas.

Alegar que “imágenes bajo cristal” es el futuro de la interacción es como reivindicar que el blanco y negro es el futuro de la fotografía. Es obvio que es una tecnología de transición. Y cuanto antes hagamos esa transición, mejor.

Estuches portalentillas que te hacen consumir más líquido

¿Ya has visto el documental “Comprar, tirar, comprar: la historia secreta de la obsolescencia programada“? Si no lo has hecho, no pierdas el tiempo con esta mediocre anotación y ponte a verlo. No hay conspiranoias de por medio, el documento es bien simple y contundente: somos unos hijos de puta.

/modo crítico de la sociedad de consumo ON.
El eje de la economía moderna, el crecer por crecer y no para satisfacer necesidades, es insostenible en un planeta de recursos limitados. No es la primera vez que hablamos de esto. La posteridad no nos va a perdonar, se van a reiterar las crisis y recesiones si continuamos con el consumismo desenfrenado. Vamos a morir todos.
/modo crítico de la sociedad de consumo OFF.

El documental —que lo veas si no lo has visto ya— versa sobre cómo se reduce deliberadamente la vida de los productos para incrementar el consumo. Así ocurrió con las bombillas, limitadas a mil horas, las medias de nylon, forzadas a ser menos resistentes, la batería de los iPods, no reemplazables y, mi personal aporte, los estuches portalentillas, que han visto incrementado su volumen, resultando en un mayor consumo de líquido para limpiar las lentes de contacto.

Las primeras lentillas que se amoldaron a mis ojos duraban un par de años. Requerían diferentes clases de líquidos y unas pastillas semanales. Las limpié con precisión y mimo durante los primeros siete meses, hasta que un sábado noche me equivoqué de píldora. Yo no percibí mucho el cambio, pero las lentes acabaron rosas, así que decidí pasarme a las lentillas desechables de un mes de duración. Una sustancial mejora en comodidad y un único líquido para gobernarlas a todas. Llevo más de diez años comprando este tipo de soluciones, cuyos botes vienen acompañados siempre con un estuche portalentillas de regalo. No sé para que necesito tener más de cincuenta, si al final siempre uso el mismo, pero lo que he podido constatar es que el diseño de estos contenedores de lentillas ha cambiado ligeramente a lo largo de la década. Los portalentillas fueron resideñados para aumentar su capacidad de albergar líquido. El objetivo, incrementar la frecuencia de uso de solución y por ende su consumo. Y para acabar, aquí tienes un estudio empírico que afirma que los americanos gastan más de 1600 millones de dólares debido a esto [en].

El principio del fin de Facebook

Douglas Rushkoff (wikipedia | web oficial | twitter) es otro de esos profesores prodigio de la NYU que escribe y teoriza sobre la influencia de los nuevos medios en personas e instituciones. Recientemente ha expresado que los días de Facebook están contados [en].


Con cerveza de por medio es más fácil socializar. Publicidad de Heineken.

Tras la inversión millonaria en Facebook por parte de Goldman Sachs, convirtiendo una startup de 6 años en una empresa valorada en 50 mil millones de dólares, Douglas anota que, este hecho, es una señal de que Facebook ha llegado a su cenit. Normalmente no hago mucho caso de artículos que declaran la muerte de algo que rebosa de vida —porque tienden a ser sensacionalistas, pero éste dice cosas interesantes:

Sin embargo, las redes sociales son en sí mismas tan pasajeras como cualquier encuentro social, discoteca o fiesta. Es la gente la que importa, no el lugar. Así que cuando los líderes que marcan la tendencia de un nicho social deciden que el lugar en el que todos socializan ha perdido su brillo o, lo que es más importante, su exclusividad, pasan al siguiente, llevándose a sus seguidores con ellos. (El sucesor de Facebook no dudará en facilitar una “utilidad de migración” con la que importar a todos los llamados amigos, si así lo deseamos.)

Seguiremos adelante [...] sin siquiera mirar atrás. Cuando el lugar es tan etéreo como un sitio web, nuestra lealtad es mucho más abstracta que la que mostramos hacia un bar local o un gimnasio. No vivimos ahí, no conocemos al dueño, y estamos más predispuestos a indignarnos por el último cambio en la política de privacidad o al enterarnos que cada uno de nuestros contactos se ha vendido al mejor postor corporativo.

Así que no es que MySpace perdiera y ganara Facebook. Es que MySpace ganó primero, y Facebook ganó después. Caerán en el mismo orden.

Vía 52 Weeks of UX.

Estirar el tiempo

Mucho antes de abrazar la mediocridad, fantaseaba a menudo con la idea de ser el mejor de los mejores en algo. Dejaba volar la imaginación para captar la esencia del prodigio que supondría ser invencible. Me montaba pajas mentales figurando cómo debía sentirse el más destacado pianista del mundo, en qué situaciones se vería envuelto alguien con el don de entender todos los idiomas o qué ovaciones recibiría el mejor cantante de coplas.

En mi infancia, soñaba con ser el mejor portero de fútbol. Imbatible. La Carbonero se olvidaría de Casillas en el minuto uno. Mi guardameta ideal era incapaz de recibir un gol, excepto cuando el linier la cagaba. Una omisión típica de esas en las que confunden de que lado ha caído la pelota. A lo sumo recibiría goles fantasma. Aunque si el resultado lo permitía también debía dejarme colar alguno de vez en cuando. Tenía que disimular que lo mío era inhumano, porque como no estaba hecho para eso de entrenar duroteh y dedicar una vida a ello, lo mío tenía que ser una especie de superpoder.

Semejante capacidad para atajar balones se generaría del hecho de poder cambiar la percepción del tiempo o, dicho de otro modo, procesar la realidad más rápidamente. Todo esto mucho antes de que Neo aprendiera a esquivar las balas. Sería como estar fuera de la línea temporal común para todos, acompañado de una sensación de quietud. Al procesar el tiempo más rápido, el balón parecería viajar más lentamente, permitiéndole a uno reaccionar más holgadamente y cambiar de dirección a lo Ed Warner, el portero bizco de Campeones (Captain Tsubasa), si fuera necesario. El balón recorrería la distancia hacia la meta en un escaso segundo, que nos habría parecido un minuto. El resto del mundo vería simplemente que eres un tío rápido moviéndote.

Bueno, pues resulta que hay investigaciones que afirman que esto se puede hacer, que se puede estirar el tiempo, haciendo que la percepción temporal subjetiva cambie y éste transcurra más lentamente. Que existen zonas del cerebro especializadas en la medición del paso del tiempo y tenemos una especie de cronómetro interno que podemos consultar. Una prueba inconsciente de ello es el llamado minuto microondas, cuando el tiempo se ralentiza mientras esperas que la comida se caliente en el microondas. Lo sorprendente radica en que se cree que también podemos entrenar ese “ritmómetro” biológico, haciendo que un minuto microonda pase más rápido y que el balón parezca que se mueve más lento.


Estira el tiempo de vida de tus aparatos electrónicos. Campaña publicitaria de Clamper y sus dispositivos de protección del arco voltaico.

Lo que antes era gratis ahora se paga: la privacidad

En el primer artículo sobre la serie “lo que antes era gratis ahora se paga”, además de hablar del agua embotellada, señalé mi convicción sobre el valor (económico) que tomará la intimidad o la privacidad en un futuro cercano. Quiero recordar que “lo que antes era gratis ahora se paga” no es una medida para solucionar una crisis, sino una tertulia sobre cosas que siempre hemos conseguido gratis o casi sin esfuerzo y que luego, con el paso del tiempo, pagamos bastante por ellas.

En prácticamente todas las constituciones modernas, se acostumbra a reconocer el “derecho a la intimidad”, a garantizar “el secreto de las comunicaciones”, la “inviolabilidad de la vivienda”, etc. Sin embargo, el derecho a la intimidad es algo relativamente moderno. Puesto que no había necesidad de privacidad en el pasado, tampoco se exigía ese privilegio. Probablemente no hacía falta porque el progreso aún no permitía la disolución de la intimidad, pero actualmente, desde la informática a la genética, los avances científicos y tecnológicos que fomentan el progreso no hacen más que generar nuevos peligros para la intimidad.

En 1890, con la prensa y la fotografía despuntando en los media, Samuel Warren y Lous Brandeis parieron The Right to Privacy (El derecho a la intimidad [pdf]), alertados por el nuevo cauce de acontecimientos que traía consigo la comunicación:

“La prensa está traspasando, en todos los ámbitos, los límites de la propiedad y de la decencia. El chismorreo ha dejado de ser ocupación de gente ociosa y depravada para convertirse en una mercancía.”

En la soledad de nuestra habitación somos más conscientes de nuestra privacidad, pero correr la cortina de una ventana que da a la calle no nos salva de ser continuamente grabados y rastreados. Cientos de cámaras situadas en vías, transporte público, tiendas, cajeros automáticos y teléfonos móviles de personas que están a nuestro alrededor registran nuestros movimientos, voz y posición ininterrumpidamente.

Sin embargo, toda esta intrusión en nuestra intimidad no es nada comparable a aquella a la que el mundo online nos somete. Con todos los dispositivos que permiten conectarnos a Internet, cada vez que contactamos con un servidor, se están identificando y almacenando nuestras acciones, localización y variados datos personales (nombre, fecha de nacimiento, números de teléfono, dirección postal, tarjetas de crédito, etc).

No es que en el pasado no se pudieran dejar trazas de nuestra actividad, la gran diferencia es que ahora no nos damos cuenta de las innumerables huellas que vamos dejando atrás. Contemplemos un fragmento del escenario “24 horas sin intimidad” [en], en el que un joven comienza el día revisando su correo electrónico desde tu teléfono móvil:

Otro aviso de su banco, un email reenviado de un amigo, cinco nuevos mensajes de sus compañeros de trabajo y un mensaje íntimo de una chica que conoció la semana pasada en una fiesta. Evita una sonrisa de satisfacción porque sabe que ella está jugando con él.

Sin él saberlo, cuatro copias de su correo electrónico privado se almacenan en diferentes lugares de todo el mundo. La primera queda almacenada en su teléfono, una segunda copia permanece en los servidores de un gigantesco buscador de Internet, la tercera la acopia una empresa de electrónica de consumo que se encarga de reenviarle el correo y, la cuarta copia de sus emails, está en los servidores de la red social masiva desde donde se originó el mensaje de la chica. Cada una de estas copias se duplican a través de los servidores en pro de la seguridad que ofrece la redundancia. Cuatro empresas independientes, dirigidas por personas que nunca conocerá, almacenan sus mensajes más íntimos. Una quinta firma, formada por un conglomerado de telecomunicaciones, registra todo el proceso y lo asocia a su cuenta.

Todo esto sucede dentro de un servicio, el correo electrónico, que todo el mundo interpreta como algo extremadamente privado (razón por la que Google la lió parda al abrir un servicio público como Buzz dentro de Gmail). Podemos pensar, sin embargo, que no es tan grave. Al fin y al cabo, ¿a quién le interesa esa información, mi aburrida vida y los mensajes calentorros? Pues bueno, no tiene ningún valor hasta que alguien quiere algo de ti. Ya sea alguién con intención de robarte, de venderte algo o de controlarte.


El derecho a la intimidad pasa a segundo plano con la justificación de la seguridad, por Clay Bennett

En este sentido, las aseguradoras van a jugar un papel muy relevante en el futuro. Un sector deseoso de saberlo todo sobre nosotros y convertir nuestra vida privada en producto. Tal como predice Jacques Attali en “Una breve historia del futuro”, las empresas de seguros van a tener cada vez más importancia, ya que el ciudadano decidirá asegurarse de todo para poder acceder a servicios que no podría pagarse. En este punto, las agencias de seguros exigirán tener más control sobre sus clientes:

La gente será consciente que para cumplir las condiciones de sus contratos de seguro (seguro de todo), deberá escanearse. Por ejemplo, el seguro de salud requerirá hacer un esfuerzo por mantenerse en forma. Asegurarse de empleo (por si dejas de tenerlo) exigirá que hagas esfuerzos para mantenerte al día (empleabilidad). Entonces, los aparatos o métodos que te permitirán ver si estás o no en las condiciones exigidas por los contratos serán los “objetos de vigilancia”.

Tal vez debamos empezar a acostumbrarnos a que privacidad sea tener el control sobre como la información fluye. A comprender el entorno social para comportarnos adecuadamente. Simplemente porque un servicio sea gratis en internet, no significa que no hagas un sacrificio cuando lo uses. Aunque puede parecer una bendición que “internet no olvide”, es también una maldición, razón por la cual están floreciendo empresas como ReputationDefender.

En el preciso momento en el que todos seamos localizables y nuestros datos personales queden expuestos a merced de cualquiera, empezaremos a pagar por algo que siempre hemos tenido gratis. Pagaremos por estar desconectados, por estar en un lugar donde no se nos pueda localizar, por salvaguardar nuestra intimidad. ¿No lo estamos haciendo ya?

Fórmula para la duración de proyectos

Cualquiera que haya tratado de calcular la duración de un proyecto, es consciente de la dificultad que conlleva el apurar con una fecha concreta. Estimar la duración de las tareas y prever posibles contratiempos, es algo que sólo la experiencia puede ayudar a refinar. Sin embargo, tengo anotada desde hace tiempo una fórmula para estimar la duración de un proyecto que me resultó por su simplicidad:

Te=(To+4Tm+Tp)/6

Donde:

  • Te = Tiempo realista estimado;
  • To = Tiempo estimado siendo optimista (sin contratiempos);
  • Tp = Tiempo estimado siendo pesimista (con todos los contratiempos);
  • Tm = Tiempo estimado más probable.

El crédito probablemente deba ir a Open Loops.

Es complicado

Te empeñarías en hacerme meter la ropa sucia en un cesto, y me mortificarías por desperdiciar mi coco y mis contactos familiares y me obligarías a recordar tus cumpleaños y a preocuparme de tus orgasmos. Eso es la vida en pareja… soy partidario de que cada cual apechugue con sus cumpleaños y sus orgasmos sin darle la brasa al prójimo.

Soltero se quedará Pablo Miralles, el protagonista de Lo mejor que le puede pasar a un cruasán de Pablo Tusset, después de tal comentario. Posiblemente no sea sólo eso la vida en pareja, hay también que apechugar con los cumpleaños de la suegra, pero lo cierto es que la sociedad actual impone unos valores distintos a las relaciones de pareja. La tecnología misma está cambiando las relaciones entre las personas.

Relationship status @ FaceBook

“Es complicado” es una de las opciones del desplegable “Situación sentimental” de Facebook. Una preferencia que podría aplicarse a una multitud de casos. Es el comodín del estado íntimo. Al fin y al cabo, las relaciones sentimentales son complicadas. Si las preconcebimos además con mitos como el de la media naranja y el de la “familia tradicional” nos adentramos en física cuántica.

El de la “familia tradicional” porque no puede imperar el mismo modelo siempre, nunca lo ha hecho y éste acabará cambiando. Las necesidades actuales son muy diferentes a las de hace un siglo. Las personas (sobretodo las mujeres) tienen otros roles sociales, las parejas pueden ser del mismo sexo y con el incremento de la esperanza de vida la promesa “para toda la vida” se vuelve más difícil de cumplir. Aunque el concepto de familia siempre seguirá siendo el de una comunidad de personas unidas por ciertos vínculos, la unidad familiar se adaptará a los tiempos.

El mito de la media naranja, sin embargo, es más fácil de desmontar. El del amor romántico, el del sin ti no soy nada… Ese amor no es para siempre. El amor romántico es un arma de doble filo, le puede dejar a uno hecho un harapo y tiende a desaparecer en un tiempo. En cambio, el sexo sí es para siempre. ¡Feliz Día de San Valentín!


Adaptado al español de GraphJam.

PD: Cariño, lo nuestro es diferente, nuestro amor sí que va a ser para siempre. Happy Valentine!